Para llegar al Bernabéu para presenciar el Real Madrid-Benfica hubo que atravesar un escenario que parecía un campo de batalla. Más de 1.800 efectivos policiales se desplegaron por los alrededores de un estadio donde se esperaba un recibimiento hostil al equipo de José Mourinho. La ida quedó marcada por un incidente entre Prestianni y Vinicius todavía por resolver, pero que el brasileño aprovechó para reivindicarse con otro gol, confirmando que, hoy por hoy, es el líder del Madrid. Sobre todo, mientras se mantenga el secretismo en torno a la débil rodilla de Mbappé, que volvió a resultar innecesario para avanzar.
Críticas contra un jugador del Benfica
Los más de 4.000 hinchas del Benfica que quisieron apoyar a su equipo después de una semana convulsa, en la que se discutió su identidad bajo acusaciones de racismo, se fueron de Madrid dolidos. Mentalmente, la mayoría, al ver cómo Courtois malograba una y otra vez los intentos de un equipo que siguió el plan trazado por Mourinho desde el autobús, donde presenció el encuentro. Otros sufrieron el acoso físico de un dispositivo policial que consideraron desmedido. Se esperaba un posible choque ultra tras las escaramuzas de los partidos anteriores, pero el fuerte operativo evitó cualquier roce.
Lo que no impidió que los ultras, en sus parcelas, hiciesen de las suyas, como en la calle Marceliano Santamaría, donde habitualmente se dan cita los hinchas más radicales. Allí se escucharon proclamas fascistas y algaradas después reproducidas por un sujeto identificado y expulsado —no fue el único— del Bernabéu por el propio Real Madrid tras realizar el saludo nazi. Elementos del sector local que evidencian un retroceso social que va más allá de la boca tapada de Prestianni o de las pancartas contra el racismo de la UEFA. Quizás por ello, Vinicius quiso hacer valer la celebración que desató la ira de Da Luz en la ida.
El Benfica terminó rendido ante su fútbol, aunque sus aficionados siguen viendo en el brasileño un enemigo común. Sidny Lopes Cabral, jugador recientemente incorporado por el equipo de Mourinho, le pidió la camiseta al delantero. Un futbolista que hasta hace nada estaba en Tercera División y cuyo gesto no gustó a una hinchada que, al igual que su entrenador y su presidente, Rui Costa, cerró filas en torno a Prestianni. Independientemente del desenlace, se abrió una brecha que el Madrid quiso sanar con un intercambio de obsequios. Al final, imperó la lógica que ambos bandos entendieron: cada uno defiende lo suyo.
El madridismo no conectó con su equipo
Fue una eliminatoria extraña, a la que el Madrid se vio abocado por segundo año consecutivo, precisamente por culpa del Benfica. Un nuevo error de cálculo en una temporada errante en la que el madridismo sigue sin confiar plenamente en los suyos. No hubo un gran recibimiento al equipo para el desenlace de un cruce en el que el Bernabéu no quería verse. Con el tanto de Vinicius, algunos empezaron a desfilar antes incluso del pitido final, como si se tratase de un partido cualquiera. Y en el fondo de animación apareció un mosaico de linternas de teléfono que da fe de lo extraño del enfrentamiento.
El templo blanco pasó gran parte del encuentro en silencio, a diferencia de lo que ocurrió con los 4.000 hinchas del Benfica, que no dejaron de animar a los suyos incluso cuando vieron la eliminatoria sentenciada. Mientras que a los benfiquistas este doble lance alborotado, con el que ya no contaban, les sirvió para reafirmarse en su identidad, al sector madridista no le bastó para disipar las sospechas que mantiene sobre su club. Un proyecto que, por el talento individual de jugadores como Vinicius, avanza, pero al que le falta la fuerza motora de un estilo definido que Arbeloa tiene difícil desarrollar.
El comecome de partido de domingo por la tarde que se adueñó de la parroquia blanca se rompió con el durísimo golpe que se llevó Asencio tras un encontronazo con Camavinga. Ahí el Bernabéu sí ovacionó al canterano, que se marchó directo al hospital en una UVI móvil. Un mal gesto que encogió el estómago del madridismo, como expresó Arbeloa, quien espera ahora las “bolas calientes”. Un chascarrillo para despedir una eliminatoria que le ha enfrentado con un amigo, como es Mourinho, y cuya resolución positiva no oculta el largo camino que todavía queda por recorrer.