Pablo Ortells vive seguramente las horas más delicadas desde que asumió la dirección deportiva del Mallorca. En Son Moix, la tensión es real, palpable desde el lunes por la noche. El gran proyecto que debía consolidar al club en Primera ha saltado por los aires antes de tiempo.
La salida de Jagoba Arrasate no estaba en el calendario. No en febrero. No con el equipo todavía en plena pelea por la permanencia. Fuese una decisión consensuada o impuesta desde más arriba, lo cierto es que Ortells se ha encontrado ante un escenario que no había previsto y que ahora amenaza con devorarle.
No es la primera vez que afronta una destitución. Ya lo hizo con Luis García Plaza, pero entonces el movimiento estaba medido: decidió, ejecutó y tenía un relevo preparado. Ahora, en cambio, el casting se alarga, los nombres se multiplican y la sensación de improvisación crece con cada hora que pasa sin un anuncio oficial.
La misión es de alto riesgo: encontrar un técnico capaz de reactivar a un vestuario contaminado, sostener al equipo en Primera y hacerlo con un contrato de apenas cuatro meses. Es decir, ofrecer garantías inmediatas sin ofrecer un plan de futuro. Pocos entrenadores aceptarían esa bomba en forma de regalo.
Mientras tanto, el desgaste de la dirección deportiva es evidente. El mercado de invierno no ha tenido impacto real en el césped. Kalumba y Luvumbo se han quedado por el momento en gancho para publicaciones en redes sociales, mientras que en otros equipos son titulares y marcan goles.
La afición, ya harta, empieza a perder definitivamente la paciencia. Porque más allá del entrenador que llegue —sea Javi Gracia, García Pimienta, Martín Demichelis u otro perfil inesperado— la elección marcará el futuro inmediato del club y, probablemente, el del propio Ortells. No es solo un cambio de entrenador. Es un examen de credibilidad. Y esta vez no hay margen de error. Los jefes ya han impuesto su autoridad por encima de la dirección deportiva. Avisado queda.