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Vinicius y el color de la piel

Hay deportistas que juegan al fútbol. Algunos lo hacen francamente bien. Y hay futbolistas que juegan, y juegan muy bien, pero también practican de manera equivocada, un inquietante ejercicio que perturba y lo intoxica todo: y ahí encontramos a Vinicius. Talento descomunal, regate eléctrico, capacidad para incendiar, por habilidad, un partido… y, últimamente, una pericia casi quirúrgica para convertir cada encuentro en un debate continental. Europa tiembla, las tertulias echan humo y las redes sociales se ponen una toga que ni pueden ni saben vestir.

Lo primero, por delante y en negrita emocional: cualquier insulto racista es una infamia. No hay matiz posible ni ironía que lo maquille. El racismo es una alcantarilla moral y quien allí se asoma, se convierte en mierda. Dicho esto, el fútbol europeo acaba de vivir otro capítulo oscuro, y aquí es donde el análisis –sereno y sin pancarta- se vuelve imprescindible. No hay que ser Sherlock Holmes para observar que, cuando el debate es de racismo, el protagonista, últimamente, suele ser siempre el mismo. Siempre en el ojo del huracán, siempre en la fotografía de la indignación. Y eso no invalida su dolor ni cuestiona la gravedad de lo ocurrido, pero sí invita a preguntarse si, en ocasiones, el color de la piel se convierte también en el elemento narrativo imprescindible para avivar el conflicto.

Existe una verdad incómoda: el racismo no solo lo ejerce quien insulta; también lo puede enardecer, sin pretenderlo, aquel que coloca la racialidad como eje permanente de la conversación, sin serlo. Y el fútbol, que ya es un circo de gestión compleja, no necesita más gasolina.

Tal vez -y subrayo el tal vez, en cursiva imaginaria- Vinicius no busca dividir. Pero también es posible que, sin quererlo, el relato continuo alrededor de su piel esté generando una fractura que va más allá de los energúmenos de turno. Convertir cada episodio en un símbolo universal puede ser justo, sí, pero también puede terminar alimentando la polarización que se pretende combatir.

El fútbol necesita denunciar el racismo con firmeza, pero también necesita inteligencia para no convertirlo en un bucle infinito donde siempre comparecen los mismos actores y las mismas víctimas. Porque cuando la denuncia se ritualiza y el escándalo se serializa, el mensaje cansa y la denuncia, aburre.

Vinicius, de verdad, ¿Y si te dedicas a jugar al fútbol? Lo haces genial. Olvida por un tiempo provocar y generar discordia… El mundo lo necesita, y el color de la piel, de la tuya y de la mía, dejará de ser, por fin, noticia.

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