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Claudio y los celtanautas

Prosigue el viaje del Celta por Europa. El viaje físico, de vuelta a Birmingham o de descubrimiento en Lyon. El viaje por el torneo hasta donde alcance («y allá, a su frente, Estambul», canta el celtismo pirata). Sobre todo, el viaje interior. El que emprendió Iago Aspas aquel día en que mintió sobre su edad para que lo aceptasen en A Madroa. El de Carreira o Miguel, en su rebeldía contra lo que el fútbol parecía haberles adjudicado. El de Claudio, hacia lo que su talento infinito le proporcione. El de la directiva y la afición, en comunión. Juntos han emprendido el viaje del héroe.

Todas las historias son nuevas y a la vez ya se han contado. Los aedos y rapsodas no transitan más los caminos griegos, catalogando las naves que alcanzaron las orillas de Troya y elogiando a los caudillos que murieron ante sus murallas. Sus dioses, aquellos que tanto se inmiscuían en los asuntos humanos, tan apasionados, caprichosos y vengativos como ellos, se han retirado a ese Olimpo que se asoma a Salónica. Tampoco los espíritus antiguos moran como antaño en los ríos y las fragas gallegas. Las sotanas los espantaron. No se sacrifican cabritos a Coso para propiciar la victoria ni Navia preña los vientres. Nadie escucha los cuentos que las ancianas calcetan al amor de la lumbre.

Hoy las historias se cuentan en caracteres y se comprimen en reels. Se retratan en largas películas y se insinúan en breves gifs. Contienen, sin embargo, las mismas pulsiones que en aquellos largos parlamentos. Revelan las mismas fragilidades y expresan los mismos anhelos. Carne, huesos y tendones se ensamblan igual bajo las camisetas de piqué que bajo el bronce de las corazas. El héroe mantiene su itinerario.

Joseph Campbell sintetizó el arquetipo que estructura casi todas las narraciones desde que el hombre comenzó a condensar sus experiencias o fabularlas. El héroe recibe una misión y aunque medite rechazarla, aunque pueda sentir que no le corresponde, la acepta y se encomienda a las enseñanzas de un mentor. Por el camino recluta amigos, se enfrenta a enemigos y supera pruebas hasta culminar su destino. El hombre que regrese a casa ya no será el mismo que partió. No lo fueron Jasón y sus argonautas. Tampoco Claudio y sus chicos.

«Soño con voltar a Europa», les había cantado la grada, ese coro que alienta y motiva. Lo había prometido Iago en Old Trafford. La clasificación había sido sólo el inicio del viaje. La liguilla, apenas el cruce de la frontera. La eliminatoria contra el PAOK se erigía como el trabajo hercúleo, al menos el primero, que ya otras generaciones celtistas conocieron. Cada una debe afrontar su tarea.

Llovía incluso más en aquella Galicia de los setenta, de luto y pana, de misa y huelga, cuando Juan Arza y los suyos se enfrentaron al Aberdeen. Otra Galicia, de ladrillo a crédito y exceso, alentó las glorias con Víctor Fernandez o Lotina. Ya se intuía la resaca en las postrimerías de Fernando Vázquez. Incluso comienza a quedar lejos Berizzo, a quien Homero, orgulloso de su lírica, hubiera entregado sus versos para que los difundiese.

Muchos celtistas, esos que han transformado Balaídos en un estadio que empuja y palpita, eran casi niños en aquella última ocasión. Lo eran varios de los que ahora copan las convocatorias de Giráldez y su propio entrenador consumía en el Porriño Industrial sus sueños de jugador. A todos ellos les tocaba emprender su propio viaje. En realidad, a los 21.306 que ayer poblaron las gradas y a tantos miles desde sus casas. Todos ellos tripulan este Celta, otro Argo, que Claudio comanda.

Así pudieron conocer o revivir esa electricidad que se siente por la mañana. El hormigueo en las conversaciones previas. La entrada anticipada al estadio y el ondear de las banderas. Incluso lo rutinario se antoja especial cuando vas a jugar sin red de protección ni más horizonte que el pitido final de esa noche.

Ya pueden los veteranos anotar en su memoria este nuevo capítulo o inaugurar su diario los adolescentes. Claro que hubo peripecias más esplendorosas que esta ronda ante el PAOK, como las goleadas al Benfica o la Juve. Como el prodigio tejido en Villa Park o el quiebro de Revivo en Anfield. Y otras que aún duelen cuando se cierran los ojos y a Gudelj le vuelve a faltar un centímetro y otra vez sobran cinco minutos en Lens. El viaje del héroe no garantiza la gloria. Al final, de hecho, siempre ha aguardado la derrota. Lo importante del viaje es haberlo vivido y su gran secreto, en realidad, es que nunca concluye. O sólo en ese instante que el coro de Marcador, en su celebración con la plantilla, anuncia: «Ata o día no que morra, Real Celta de Vigo».

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