Finalizando la semana en la que se impuso el análisis sobre los primeros 100 días de gobierno, se puede señalar que aunque existieron posiciones diversas en la evaluación económica, productiva o institucional de los mismos, hubo un diagnóstico unánime sobre los yerros en la comunicación gubernamental, que terminó situándose en el centro de los conflictos recientes.
Por ello mismo, resultó llamativo que -en medio del anuncio de un ajuste en el rubro- un importante mensaje presidencial haya sido publicado digitalmente a la una de la madrugada, cuando la mayoría del país duerme. Son anécdotas que se acumulan en un periodo que es corto para revelar todo, pero suficiente para prefigurar un estilo. Volviendo a los 100 días, cabe hipotetizar que lo que hemos presenciado parece ser la transición de un estilo comunicacional en un proyecto político.
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Como sabe el país, este gobierno llegó en condiciones excepcionales, incluso azarosas: con un partido que no era originalmente el suyo, con un vicepresidente útil electoralmente pero rápidamente distanciado de la gestión, con una votación que muchos califican como “prestada”, en medio del evidente fin de ciclo político y un país al borde de un despeñadero económico que —sin mezquindades— ha sido contenido por ahora.
El equipo de primera línea se armó con piezas diversas, incluso provenientes de candidaturas rivales o hasta del proyecto al que se opuso. No hubo tiempo ni condiciones para una arquitectura propia. Esa construcción empezó tras conocerse el resultado electoral y ha ido tomando forma en estos 100 días, evidenciando bastante sobre un estilo comunicacional de gobierno.
Ese estilo puede describirse como una política motivacional de la autoeficacia. Pues, el gobierno más que ofrecer avanzar hacia un horizonte ideológico definido —algo que no parece interesarle—, propone una narrativa: dentro del problema estructural hay también un problema mental, colectivo, que debe trabajarse y sanarse. Así, se trasladan al plano público categorías del emprendedurismo contemporáneo: resiliencia, optimización, pragmatismo, innovación, inspiración y otros.
No es casual. Este tipo de liderazgos encajan bien en la era del capitalismo digital, con los valores que promueven los TecnoBros y la estética de CEOs que hoy son modelos aspiracionales para muchos jóvenes En Bolivia, además, dialoga con años de narrativa sobre la “crisis moral”, cuya causa se le atribuye al ciclo anterior. Frente a un contexto donde la idea de Estado fuerte se desgasta, emerge la idea de que la solución pasa por una renovación de mentalidad, algo que es más visible comunicacionalmente y de efectividad inmediata si es que se lo sopesa respecto a una silenciosa construcción de estructura y proyecto político.
Pero también ahí aparecen los límites. La mentalidad individual, incluso grupal, no implica una transformación colectiva de forma automática. El optimismo performativo no sustituye por mucho tiempo la complejidad social. La idea de la autosuficiencia funciona mejor en las mentes que en los hechos que usualmente son contingentes. El conflicto no desaparece por ser reencuadrado como desafío. Y el liderazgo que se concibe como ilimitado corre el riesgo de no reconocer sus fronteras enredado en su propia discursividad.
Precisamente porque el país esperaba con altas expectativas un cambio; es que a este gobierno le ha tocado también la exigencia de algo más que entusiasmo al comunicar: humildad, autocrítica, conciencia de límites y mesura en los ritmos y tonos. Tras estos cien días, el estilo ya está quedando claro. La pregunta es si la política motivacional de la autoeficacia podrá sostenerse cuando la RealPolitik haga su aparición y cruce la amable frontera temporal que aún protege el inicio de todo gobierno.
(*) Verónica Rocha Fuentes es comunicadora. Twitter: @verokamchatka
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